Redactado por: María Teresa Durón
Editado por: María Isabel Salinas


Desde muy pequeños, nuestros instructores de vida nos dicen que “la clave de vivir es la felicidad”. Algunos encuentran este placer en personas, lugares, experiencias, entre otras cosas. Sin embargo, existen personas, que a pesar de los años nunca la terminan de localizar.

Mi caso no fue este último, pues la suerte me llegó en la víspera de mis 8 años. Mi papá pasaba viajando mucho por su trabajo, y tenerlo por tiempo limitado siempre me ponía triste. Cuando él llegaba a la casa, después de una larga jornada, la alegría se reflejaba en mi rostro junto con una sonrisa pícara. Me contaba sobre sus nuevas amistades, los problemas que resolvió, y por supuesto no faltaba el pequeño regalo que me había comprado. Para mí, mi papá era y sigue siendo, un superhéroe que mantiene su capa y poderes mágicos ocultos. Les comparto un video de mi héroe en acción.

En una de esas noches que pasábamos juntos, me avisó que iba a una brigada médica en Choluteca y que lamentablemente no podía estar en mi cumpleaños. Mis ojos rápidamente se llenaron de lágrimas, pero le dije que comprendía. Al ver mi estado de ánimo me propuso que lo acompañara y que pasara todo junio con él ayudándolo como “su asistente personal”. Sin pensarlo dos veces le dije que sí.

Partimos el viaje de dos horas hacia Choluteca, en un busito con diferentes médicos. Todos, en su mayor parte norteamericanos, intentaban llegar a conocer a su nueva pequeña colega. Me hice amiga de muchos de ellos y me mostraban las fotografías que cargaban de sus hijos a quienes no veían desde hace varios meses.
Finalmente, llegamos a nuestro destino. Primero nos fuimos a instalar al hotel que se convertiría en nuestro hogar por las siguientes 3 semanas. Se me abrieron los ojos cuando vi que ese lugar tan caliente, tenía una piscina; sin embargo mi papá me informó que estaríamos más tiempo en el hospital que en el hotel, así que mi ilusión no duró mucho tiempo.

Al llegar al hospital, me di cuenta que no era para nada como yo me lo había imaginado. Las paredes y el piso estaban sucias y habían varios pacientes con heridas terroríficas. Tuve miedo instantáneamente, pero mi papá me advirtió que mantuviera la calma y que no me diera por vencida. “Poco a poco le vas a adquirir sabor a la misión humanitaria, y vas a ver que no existe satisfacción más grande, que servir a las personas más necesitadas.” Con la combinación del calor y mal olor que me rodeaba yo miraba muy difícil seguir las indicaciones que “el jefe” me había dado. Pero, me alegré cuando vi que llegó un grupo de niños scouts a colaborar en la brigada también.

Después de interactuar con algunos de ellos, los médicos nos asignaron distintas actividades laborales. En mi caso, por ser estudiante de una escuela bilingüe, me ofrecieron ser intérprete entre médico y paciente. Al principio fue un poco difícil, pues como la mayoría de los pacientes venían de lugares humildes, utilizaban un curioso lenguaje coloquial para describir las partes de su cuerpo afectadas y sus síntomas. A punta de prueba y error, aprendí a traducir sus enfermedades y logré adquirirles cariño a muchos de ellos.

Creo que esta fotografía resume la mayoría de las interpretaciones que he dado. (República Dominicana- 2012; 15 años)

Me di cuenta que la mayoría de los pacientes tuvieron una jornada larga y cansada, para recibir tratamiento médico. Y me dolió bastante ver que había personal del hospital que no les ofrecía un trato digno. A pesar de eso, ellos venían muy optimistas, y no dejaban que ese calvario inicial les limitara sus esperanzas y esfuerzos para mejorar su salud. Varios me contaban sobre sus familias, pueblo y su manera de salir adelante con pequeños negocios o labor en el campo; destrezas y conocimientos que habían aprendido desde niños para ganarse la vida de manera honesta. Con eso me di cuenta que no todos tienen las mismas oportunidades que yo tuve desde pequeña; acceso a educación, una vida decorosa, con comodidad y sin carencias.

Pasaban los días y la rutina era la misma, por lo que en un abrir y cerrar de ojos, la brigada estaba llegando a un fin. En la última semana, los pacientes regresaban a una pequeña evaluación médica y para mi sorpresa, preguntaban por la pequeña niña que los había atendido. Al mirarme, me obsequiaban algunos dulces, chongos, comida e incluso artesanías, hechos por ellos mismos. Hasta el día de hoy, mis ojos se me llenan de lágrimas cuando pienso que a pesar de sus necesidades básicas, ellos buscaban alguna manera de sacarme una sonrisa con sus sinceras palabras de agradecimiento, consejos y regalos.

Al final de la brigada me puse a pensar en todo el conocimiento que había adquirido. Entendí finalmente la definición de responsabilidad, puntualidad y trabajo; cosas que hasta el día de hoy procuro mantener en práctica. Comprendí a diferenciar entre el deseo y la necesidad. Muchas veces durante mi infancia, lloré porque no me compraban algún objeto que quería, sin entender que hay personas que por falta de oportunidades y carencia de recursos económicos, sobreviven estoicamente las dificultades; pero manteniendo siempre una contagiosa y sincera sonrisa a flor de labios. Me di cuenta que había vivido en una burbuja y que estaba ciega ante la triste realidad que muchos hondureños viven diariamente. ¡Qué lección tan gratificante! Una experiencia que me enseñó el verdadero significado de la vida, gratitud y felicidad.

Mi mascarilla cubre mi sonrisa; pero mis ojos la reflejan. (República Dominicana- 2012; 15 años)

Nota de la Directora Editorial: Es importante hacerte saber que la mayoría de los artículos son redactados por los estudiantes que cursan la materia de “Redacción para medios”, por lo que encontrarás muy posiblemente en su composición, errores de todo tipo.
La exposición de dichos errores es parte también de la experiencia de los muchachos, por lo que de antemano, te pido los dispensés; en su momento serán corregidos por tu servidora como parte de su evaluación. ¡Muchas gracias por leer!