Redactado por: Sara Gutiérrez
Editado por: Miliceth Martínez


“Ajústense los cinturones”, decía la aeromoza mientras iba revisando cada asiento, asegurándose que todos estuvieran listos para el despegue. Volteé a ver a mi izquierda y vi a mi hermanita Sophia, con la sonrisa más grande que haya tenido. Mi mamá, quien estaba a la par, respiraba hondo, con los ojos cerrados y apretando los brazos del asiento.
El avión comenzó a moverse, y decidí abrir la ventana; vi la pista y a medida que íbamos subiendo, las cosas y personas se miraban más pequeñas.

Ya en el cielo, mi mamá se relajó y mi hermana se puso a hacer lo que siempre hace, ver tele a través de la pantalla del asiento. Yo estaba emocionada por este viaje. Mi destino era Minnesota, iba a visitar a mi familia, a la que no había visto en años; y lo mejor de todo era que iba a comprar mi vestido de prom. Pero antes de llegar a mi destino final teníamos que parar en Houston, para hacer una corta escala.

El primer vuelo lo sentí corto, ya que me estaba imaginando todas las aventuras que iba a tener cuando llegara. El avión aterrizó, y mi mamá obviamente comenzó a aplaudir (pena ajena).
Nos bajamos y mi chip cambió, me sentía en una película o en un reality show, como “Las Kardashians”. Caminamos hacia migración y vi una fila enorme, obviamente no iba a dejar que eso me cambiara el ánimo, entonces solo platicaba con mi familia y me creía la octava maravilla del mundo. Lentamente la fila fue avanzando y yo me seguía sintiendo intocable. Finalmente llegó nuestro turno de presentar los documentos, y asumí que esto iba a ser rápido ya que please, era yo.

El oficial que nos atendió era el estereotipo del policía americano. Era calvo, blanco y con panza de comer donas y tomar cerveza. Le entregamos los pasaportes y quedó viendo el mío (por alguna razón el mío era verde a diferencia de los demás). Me quedó viendo fijamente y yo en mi inocencia le sonreí. Me pidió que pusiera mis huellas digitales en el aparato frente a mí. Hice como me pidió y solo me quedó viendo seriamente. De la nada, sacó un walkie-talkie y dijo en inglés un código raro que parecía chino más bien. En mi mente, ese código no tenía importancia y me iban a tratar como la princesa que soy. En eso veo a dos policías con uniforme azul y me fijé que ambos andaban armados. Quedé viendo al que me estaba atendiendo y me dijo que sospechaban que mi pasaporte era falso por mi nombre y fecha de nacimiento, y me pidió que acompañara a los otros dos guardias. Le traduje a mi mamá qué era lo que estaba pasando, mientras yo sentía que me moría por dentro.

Algo así se miraba el policía.

Mi mamá agarró a mi hermana y se puso detrás de mí, pero el guardia le dijo que yo tenía que ir sola, que esperara allí. Yo agaché mi cabeza, y la creída que llevo dentro de mí se fue. Iba caminando con un guardia enfrente y otro atrás. La gente me quedaba viendo raro y susurraban cuando pasaba. En ese momento solo me acordé de la novela “Teresa” y maldije mi pobreza.


Entré a un cuarto chiquito, lleno de sillas vacías. Un guardia me indicó que me sentara y yo bien mandadita me senté. Noté que había un póster enorme que decía: No cellphones allowed con una foto de un celular y una “X” roja encima, o sea que no podía usar mi cel. “Hasta aquí llegué” y “Me va a tocar saltar el muro” era lo único que pensaba. Al minuto, entró un chavo que parecía reggaetonero y mariachi a la misma vez, se sentó en la fila de enfrente a lado izquierdo mío, sacó su celular y comenzó a jugar. Yo sentía que me moría y lo insulté en mi cabeza por ser tan dundo (palabra para alguien bobo o tonto). En eso veo que un policía se le pone a unos cuantos centímetros de la cara y lo queda viendo fijamente, el muchacho se asustó y lo quedó viendo. El policía, sin parpadear, le apuntó al póster que prohibía los celulares, asustado él guardó su cel.

En eso veo a una mujer con el mismo traje azul de policía, ella venía hacia mí. Me vio fijamente, extendió su mano y me entregó mi pasaporte. Me dijo que me podía ir y que los disculpara por el inconveniente. Yo tomé el pasaporte, le sonreí, y caminé hacia la puerta y cuando salí fui brincando hasta encontrar a mi mamá.
A veces hay cosas que pasan para ponerte en tu lugar, y esta situación fue la mía. No solo tenía que aterrizar el avión, si no que yo también. Para la próxima no me voy a creer una Kardashian, tal vez me crea Nicki Minaj, pero no una Kardashian.


Nota de la Directora Editorial: Es importante hacerte saber que la mayoría de los artículos son redactados por los estudiantes que cursan la materia de “Redacción para medios”, por lo que encontrarás muy posiblemente en su composición, errores de todo tipo.
La exposición de dichos errores es parte también de la experiencia de los muchachos, por lo que de antemano, te pido los dispensés; en su momento serán corregidos por tu servidora como parte de su evaluación. ¡Muchas gracias por leer!