Redactado por: María José Urrutia
Editado por: Valeria Abularach


Todas las personas que me conocen saben que tengo un gusto culposo o mejor dicho una obsesión por el color azul; la ropa, los accesorios, los detalles y las M&M´s las cuales prefiero de este color (sí, ya sé que todas saben igual). Sin embargo, pocos conocen los inicios de esta pasión, y déjenme decirles que no tiene nada que ver con comida o vestimenta. La historia comenzó cuando yo tenía siete años, justo cuando me di cuenta de que necesitaba una compañía, es decir, una hermanita o un hermanito. Fue entonces cuándo empecé a preguntarles a mis papás el día en que esta personita se presentaría a hacerme compañía. Su respuesta me indicaba que el año venidero la tendría, pero muchas veces se equivocaron, hasta que de sorpresa en mi graduación de sexto grado me dijeron que por fin yo tendría lo que había estado pidiendo todos estos años; puedo decir que fue uno de los días más lindos de mi vida.

                                                Esta fue mi reacción al saber la noticia.

Inició el tiempo de espera, nueve meses para ser exactos. Fueron días en los que pase divirtiéndome y comiendo de todo con mi mamá (sacando el mayor provecho de su estado). Cada día era sin duda una aventura; buscando y descubriendo cosas nuevas para la bebe más que para nosotras. Y luego, en un abrir y cerrar de ojos, llegó el día más esperado: el 22 de enero de 2009. Fue aquí donde la historia toma un giro inesperado.

El día llegó; mi familia y yo estábamos pendientes de la hora en que conoceríamos a la nueva integrante. Yo podía observar los nervios y la alegría en la cara de mi papá y en la de mi abuela (cosas típicas que suceden en estas situaciones). Todo marchaba bien, hasta que vimos salir y correr de la sala de parto al pediatra, con mi hermana en brazos sin dirigirnos la palabra y ni vernos; fue una situación de asombro y rareza; algo parecía no estar bien, y así fue.

Horas después el pediatra pidió un momento para hablar con mi papá, mientas yo por otro lado observaba de lejos la situación. El doctor, con lágrimas en los ojos, le comentaba a mi papá que aquella niña que todos esperábamos había nacido con asfixia severa por negligencia médica y no encontraba la manera de explicarle que su hija podía quedar parapléjica, sorda, muda, con problemas en su cerebro o en su corazón. Fue entonces cuando por primera vez vi cómo a mi padre se le partía el corazón en dos al sentir la impotencia de no poder hacer nada más que esperar los resultados de las pruebas, que marcarían el futuro de su hija. Mi abuela, quien se incorporó minutos después a la plática, trataba de llenar de fortaleza a mi padre.

Para mí, que al momento del parto solo tenía doce años, fue muy difícil entender lo que estaba pasando. Se me ocurrían muchas preguntas: ¿Qué pasaba exactamente?, ¿se podría cumplir por fin mi deseo de tener una compañera para toda la vida? Sin duda, esas fueron las preguntas más difíciles que me hacía en ese preciso instante y lo peor de todo era que desconocía en su totalidad las respuestas. Mi madre recibió las noticias horas después de haber regresado a la sala de recuperación y para ella fueron devastadoras. Todos decidimos dirigir nuestra mirada a Dios y pedir por la salud de aquella creatura que no tenía culpa de lo que le había sucedido y fuerza para aceptar con valentía la prueba que el Señor nos había puesto.

                                      Marcela María en la Sala de Cuidados Intensivos, enero 2009.

Los exámenes y las pruebas se realizaron por varios días desde que mi hermana nació. Poco a poco podíamos ver el milagro que Dios hacía en nuestras vidas. Todo esto que realizaron los especialistas resultó positivo para la salud de mi hermana, fue una bendición que ella recibió gracias a nuestras oraciones. No todos los niños que sufren de asfixia viven o quedan bien para contarlo.

Finalmente, después de días de sufrimiento y cansancio, mi hermana fue dada de alta. Y por fin pude llevarme a esa muñequita a mi casa a hacerme compañía. Desde ese día dejé a un lado mis años de hija única.  Me imagino que te has de preguntar: ¿Qué tiene que ver todo esto con que a María José le obsesione el azul? Pues quiero decir que mucho, ya que cuando yo fui a conocer a la princesita valiente de esta historia pude ver, asombrada, que sus ojos eran del color más bello…así es: eran azules. Yo jamás pensé que me iba a enamorar tanto de una mirada, de un color y de la vida como lo hice en ese momento. Muchas veces no nos damos cuenta de los milagros que tenemos a nuestro alrededor, yo puedo dar unos cuantos ejemplos: si no fuera por el Dr. Sergio Vélez (el pediatra), quien despertó a mi hermana de su asfixia, ella tendría secuelas graves; si no fuera por las atenciones que le dieron sus enfermeras y especialistas, ella no sería capaz de contar su testimonio; si no fuera por Dios, yo no tendría jamás una hermana que goza de salud, que puede saltar, correr, reír y también llorar, pero sobre todo, que es la luz que alumbra nuestro hogar, la que nos recuerda al niño que llevamos dentro y la importancia de la vida.

                                                                                     Mirada que enamora.

Esta es la razón por la cual yo amo tanto el azul, porque todas las cosas que yo más amo y disfruto en esta vida llevan el color de los ojos de Marcela María, quien es y siempre será mi milagro de vida.  Actualmente Marcela tiene 8 años; es una niña saludable y llena de alegría.

                       Actualmente Marcela tiene 8 años; es una niña saludable y llena de alegría.

Te dejo esta canción que tiene un mensaje muy lindo.


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