Redactado por: Rubén Castro
Editado por: Joseph Laínez


Aún lo recuerdo como si fuera ayer. Ese 26 de junio del 2007, mi papá se había quedado en mi casa en Valle de Ángeles mientras mi mamá, mi hermanito y yo, nos habíamos ido donde mis abuelos a unos 27 km de mi hogar, porque mi mamá tenía que hacer unos mandados temprano (frase hondureña para decir que tenés compromisos por cumplir). Me acuerdo que era de madrugada cuando sonó el teléfono donde mi abuela y desde esa llamada, nada fue igual para nuestra familia.

Sonó el teléfono y me desperté, volteé hacia los lados y mi hermanito seguía dormido, pero mi mamá ya no estaba. Me levanté de la cama y yo siempre de “chute” (término hondureño para decir que sos curioso) me puse detrás de la puerta del cuarto y empecé a escuchar toda la conversación. Mi abuela contestó la llamada y yo solo escuchaba “¡Le dio un infarto!”, mientras en mi mente solo decía: “¿Qué será un infarto?”, en eso abrí la puerta y mi abuela terminó de hablar por teléfono. Estuvimos conversando un buen rato hasta que me explicó todo lo que había sucedido, y me dijo que a mi papá le había dado un ataque al corazón, pero que ya lo habían trasladado en una ambulancia al hospital, y que mi madre ya estaba allá. Por último me dijo que todo iba a estar bien, pero yo no le creía, ya que en la mayoría de las películas dicen mucho esa frase y siempre significa que todo está mal.

         Así estaba yo escuchando la conversación de mi abuela.

Me fui para el cuarto un poco confundido y me acordé de la película de Denzel Washington, “John Q.”, que trata sobre un trasplante de corazón. Cerré los ojos, me puse a orar y le dije a Dios: “Si de verdad a mi papá le está fallando el corazón, toma el mío y dáselo a él, porque no quiero verlo morir.” En ese momento, yo de niño inocente solo pensaba: ¿Quién me llevará a la escuela? ¿Quién me ayudará a estudiar? ¿Quién me llevará al cine cuando esté aburrido? ¿Quién me irá a motivar cuando me toque jugar partidos de fútbol? ¿Quién me comprará mis videojuegos? ¿Quién me recordará la hora que debo tomar mis medicamentos cuando esté enfermo? ¿Quién me revisará el pecho cuando tenga ataques de asma?

Recuerdo que pasaban los días, no miraba a mi papá desde hace una semana y yo seguía en la casa de mis abuelos jugando y distrayéndome con mis primos en el bloque (término hondureño para decir callejón), hasta que mi mamá llegó a recogernos a mi hermanito y a mí. Llegamos a mi hogar en Valle de Ángeles y encontré a mi papá acostado; sentí una felicidad al verlo de nuevo, así que lo primero que hice fue darle un abrazo fuerte y decirle que lo quería mucho. Me acuerdo que llegaba un montón de gente a visitar al gran fisiólogo, Dr. Rubén Elvir Mairena, una eminencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), según me decían muchos de sus colegas y estudiantes. Ellos lo miraban como el Doctor, yo solo lo miraba como mi papá.

Este es mi papá.

Meses después del infarto le pregunté a mi papá sobre lo que había sentido en la cirugía, él me contó que la operación se llevo acabo solo con anestesia local y me dijo: “En ese momento miraba las caras de los médicos, los gestos, la preocupación y aunque sé que morir para mi es ganancia, como dice el apóstol Pablo, también pensaba en ustedes. Comencé a orar y decirle a Dios que me permitiera seguir viviendo para poder cuidarlos, sin embargo, sabía que si moría el Señor los cuidaría. En ese momento sentí una paz en mí, porque estaba seguro que Dios tenía el control de todo. Después de unos minutos, el cirujano me dijo `¿Verdad que ya te sientes mejor?´, pero sucedió lo contrario, comencé a sentirme muy mal, a vomitar y tener un frío intenso en todo mi cuerpo; el nivel de azúcar en la sangre se bajó, bueno me estaba muriendo. Le dije al cirujano que me sentía peor y él me tomó la cabeza y comenzó a orar y dijo: `Este ya no es asunto de la medicina´, en ese momento me fui sintiendo mejor y el peligro de muerte fue alejándose”.

Esta es mi familia.

Pasamos por muchos problemas, no estábamos muy bien económicamente, pero Dios ya tenía todo controlado. Prácticamente de la nada, las personas nos ayudaron y recibimos el dinero para poder pagar todo los gastos. No te cuento esto para decirte que mi padre está vivo, sino para que sepás sobre el milagro que hizo Dios en mi familia y te puedo decir que él es el único hombre que me ha enseñado que el corazón es lo último que muere.

 


Nota de la Directora Editorial: Es importante hacerte saber que la mayoría de los artículos son redactados por los estudiantes que cursan la materia de “Redacción para medios”, por lo que encontrarás muy posiblemente en su composición, errores de todo tipo.
La exposición de dichos errores es parte también de la experiencia de los muchachos, por lo que de antemano, te pido los dispensés; en su momento serán corregidos por tu servidora como parte de su evaluación. ¡Muchas gracias por leer!